En 1910 un grupo de extranjeros británicos, extrañaba algo muy simple: jugar golf como en casa.
Eran nueve. French, Llewellyn-Jones, Johnston, Page, Pearson, Reid, Schonmeyer, Simpson, Stansby. Ninguno imaginó que estaba fundando lo que hoy es uno de los clubes más icónicos de Sudamérica. Solo querían una cancha. La encontraron, de forma provisoria, dentro del Hipódromo Chile y ahí, el 25 de septiembre de 1910, se jugó la primera partida bajo las reglas del mismísimo St. Andrews.

Pero un club necesita raíces, y las suyas se movieron antes de encontrar su lugar. En 1921 llegaron a una chacra que un empresario llamado Ricardo Lyon: la chacra “Los Leones”. Ahí se quedarían más de una década y ahí nació, sin querer, el nombre que llevarían para siempre.
Ricardo Lyon era un visionario, le vendió al club los terrenos donde hoy se encuentra, entendió antes que nadie algo que hoy nos parece obvio: un club de golf no es solo deporte, es la semilla de un barrio entero. Si lograba instalar ahí una comunidad deportiva, el valor de sus tierras y el futuro de todo ese sector cambiaría para siempre.

Tenía razón. Ese barrio existe hoy. Lo llamamos Barrio El Golf.

En 1937, cuando el club por fin se instaló en su ubicación definitiva. 71 hectáreas a los pies del Cerro San Luis, sus socios no dejaron nada al azar. Llamaron a Óscar Prager, un paisajista alemán, para que transformara el paisajismo de la cancha. Y llamaron a Luciano Kulczewski, el arquitecto más audaz de su generación para levantar el clubhouse, justo en el momento en que él mismo estaba reinventando su propio estilo hacia la modernidad.

No fue casualidad. Fue una declaración: esto tenía que estar a la altura de lo mejor que Chile podía ofrecer.
Hoy, más de un siglo después, la cancha de casi 6.800 árboles sigue ahí. Un recordatorio silencioso de que todo eso, alguna vez, fue solo campo abierto y el sueño de nueve británicos que querían jugar golf.

Fotografías del Fondo Enrique Mora Ferraz
Archivo UDP/ Cenfoto-UDP, Universidad Diego Portales.



