En 1930, Le Corbusier diseñó una casa frente al mar en Zapallar. Descubre la historia de un proyecto que nunca se construyó.
LE CORBUSIER

En una hoja con el membrete del Hotel Majestic, un arquitecto suizo de anteojos redondos empieza a dibujar una casa.

El encargo es de Matías Errázuriz, embajador de Chile en Argentina. Le habla de una colina en Zapallar, del mar abajo, de unas columnas de mármol que ya están en el terreno y que quiere conservar. Le pide una gran sala. Un dormitorio en altillo.
Dos semanas después firman el contrato.
Le Corbusier vuelve a París y lo esperan Moscú, la Villa Savoye, mil encargos. La casa chilena queda en manos de su primo Pierre. Pasan los meses. En enero escribe a Errázuriz: quiero hacer algo perfecto.
En abril de 1930 llegan por fin los planos.
No es lo que nadie esperaba de Le Corbusier. Nada de muros blancos ni hormigón. Piedras sacadas del mismo cerro. Troncos sin corteza pintados de blanco. Tejas chilenas y un techo que se abre como las alas de una mariposa. En la carta, el arquitecto se adelanta a la sorpresa y confiesa que él sería feliz viviendo en una casa así.
Para él no era una casa más. En plena época de cajas blancas, por primera vez mezclaba lo rústico con lo moderno, un giro que repetiría en otras obras. Y ese techo de mariposa fue de los primeros de su tipo.
Pero la casa nunca se construyó.
Cuando dos arquitectos chilenos sacaron la cuenta, el presupuesto era demasiado alto. Errázuriz encargó otra casa en el mismo lugar y allí vivió sus últimos años, hasta 1953.
Los planos, en cambio, siguieron viajando. Se publicaron en París. Se expusieron en el MoMA de Nueva York. Inspiraron una casa en Japón.
En 1965, Le Corbusier escuchó a Emilio Duhart proponerle construirla por fin como centro cultural. Le encantó la idea.
Tampoco pasó.
Y así, el único proyecto de Le Corbusier en Chile sigue esperando en una colina de Zapallar que solo existe en papel.



